República Argentina: 2:07:06am

Hay una enseñanza de los estudios internacionales acerca de la guerra que sirve para apoyar este argumento.

La estrategia del Reino Unido es la que usualmente despliegan los vencedores:

a) Asegurar su triunfo con una mayor presencia y control en el territorio disputado.

b) Mantener una postura intransigente y así afirmar sus propios intereses estratégicos.

c) Dilatar lo máximo posible una eventual solución de la controversia original.

Así se comportan los victoriosos más aún cuando han sido la cabeza de un vasto imperio. ¿Cuál podría ser entonces una estrategia para el derrotado?

La historia muestra que hay países, pequeños y grandes, que han recuperado territorios y mediante una combinación de voluntad, recursos, talento, paciencia y oportunidad. Por eso la importancia de las cuatro D.

La posesión de divisas es vital. Nuestros recurrentes períodos de estancamiento en términos de crecimiento y deterioro en materia de prosperidad operan negativamente también respecto a Malvinas.

No abundan los ejemplos de países que tras un prolongado declive hayan podido recobrar la soberanía territorial perdida.

Generar divisas exige tener un modelo de desarrollo que lo facilite y lo haga sustentable. Exportaciones, inversiones y diversificación productiva constituyen un trípode básico.

En ese marco y en esta coyuntura un acuerdo realista (en su alcance económico), posible (en su validación política) y equitativo (en la distribución social de sus costos) con el FMI podría ser un dato destacable por sus efectos internos y en la política exterior.

La recuperación pacífica de Malvinas será más factible si reconstruimos, así sea gradualmente, poderío material. De lo contrario, esa meta se alejará cada vez más.

El lugar de la diplomacia es central. Contar con un diagnóstico preciso y riguroso sobre el mundo es importante. A diferencia de la Guerra Fría, de la Posguerra Fría y del Pos 11 de septiembre, hoy el fenómeno de la redistribución de poder, influencia y prestigio puede ofrecer un escenario más aprovechable y, a la vez, de mayor exigencia para el manejo del tema Malvinas.

El Brexit y el persistente descontento europeo con el Reino Unido; el fiasco de Estados Unidos y sus socios (en especial, Gran Bretaña) en Irak y Afganistán; los reveses jurídicos ante la Corte Internacional de Justicia (2019) y el Tribunal Internacional del Derecho del Mar (2021) a favor de Mauricio y su soberanía en las islas de Chagos; el debilitamiento relativo de Londres como centro financiero mundial, entre otros, reflejan una cierta pérdida del peso internacional del Reino Unido.

Pero asimismo es notorio el fortalecimiento de la alianza británico-estadounidense en torno al Índico y al Pacífico. A su turno, la rivalidad entre Estados Unidos y China no conduce de manera inexorable a una confrontación: para que el Atlántico Sur no se convierta en un espacio de disputa, la Argentina debiera tener en claro que la cohabitación entre Beijing y Washington, y la desmilitarización de su competencia, son prioritarias para los intereses nacionales y en cuanto a Malvinas.

La evolución jurídica y política del derecho es un elemento trascendente. Esto aplica a conceptos tales como auto-determinación, autonomía, integridad territorial y soberanía. Hasta hace pocos años parecían avanzar, en la práctica y la aspiración, los dos primeros. En tiempos más recientes parecen haber regresado, a la praxis y a la invocación, los dos segundos.

 

En el último bienio y en particular en Europa, por ejemplo, se apela incluso a la soberanía económica, la soberanía digital, la soberanía alimentaria y la soberanía tecnológica, entre otros. Variaciones sobre la soberanía de diferente tipo se reclaman y proclaman en Estados Unidos, China, Rusia e India.

En América Latina la soberanía ha sido históricamente un pilar esencial. Si bien de manera genérica, la tradicional y renovada gravitación de la soberanía podría contribuir a fortalecer la posición argentina.

En ese sentido, la soberanía es el eje de negociación con el Reino Unido. Lo cual no nos exime de tratar mejor a los isleños y gestar puentes de confianza.

La cuestión de la defensa es relevante. Tener una política de defensa creíble y ligada a la política exterior no implica tener una postura agresiva y mucho menos retóricamente aparatosa. En torno al tema Malvinas hay, al menos, tres asuntos nodales.

Primero, dado que la Argentina adoptó el planeamiento por capacidades resulta crucial disponer de submarinos en condiciones de navegabilidad.

Segundo, es imperativo reactivar la Zona de Paz y Cooperación del Atlántico Sur compuesta por 24 países ribereños de Sudamérica y África.

Y tercero, recordar que el Reino Unido dejó la Unión Europea pero no la Organización del Tratado del Atlántico Norte, por lo que es imperioso que la plataforma militar británica en Malvinas no se convierta en una base de la OTAN.

En síntesis, las cuatro D y su entrelazamiento constituyen un compacto indispensable: es bueno en esta hora remarcar que la Argentina requiere robustecer un consenso efectivo, poseer la suficiente calma para desplegar una estrategia razonable y estimular la creatividad propositiva en torno a Malvinas.

 

El autor de esta columna es vicerrector de la Universidad Torcuato Di Tella.

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