República Argentina: 4:17:41pm


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Por Roberto Arnaiz* colaboración para TIEMPO MILITAR

El 3 de enero no fue una liberación. Fue una operación.

Una operación precisa, ejecutada con un objetivo concreto: capturar a Nicolás Maduro y reconfigurar el poder en Venezuela. La justificación oficial habló de narcotráfico, de seguridad y de amenazas regionales. Pero la historia no se explica por lo que se dice, sino por lo que ocurre después.

Y lo que ocurrió no fue una transformación estructural.

Fue un reordenamiento.

El sistema no cayó. Se adaptó.

El poder político cambió de manos, pero no desapareció. Las estructuras que lo sostienen permanecen: instituciones debilitadas, dependencia económica y concentración de decisiones. Lo que se modificó no fue la base del poder, sino su equilibrio.

Y en ese nuevo equilibrio aparece con claridad el eje central: el petróleo.

Durante años, el petróleo venezolano fue presentado como un símbolo de soberanía. Hoy vuelve a ocupar el centro, pero bajo otra lógica. Ya no como herramienta de autonomía, sino como activo estratégico dentro de un esquema de negociación internacional.

Tras el 3 de enero, el sector energético se reabrió, las sanciones comenzaron a flexibilizarse y Estados Unidos amplió su capacidad de incidencia sobre el principal recurso económico del país.

Y ahí surge la pregunta inevitable:

¿Se buscó justicia… o control?

Porque mientras el discurso hablaba de narcotráfico, los movimientos concretos se concentraron en la energía. Y cuando una intervención termina reorganizando el acceso a los recursos estratégicos de un país, la explicación deja de ser únicamente jurídica.

Pasa a ser geopolítica.

Venezuela antes que Irán: una jugada previa

El orden de los hechos tampoco es casual.

Primero Venezuela. Después la escalada con Irán.

No fue una reacción. Fue anticipación.

Estados Unidos no necesitaba resolver una escasez inmediata de petróleo. Pero sí necesitaba algo más relevante: capacidad de influencia sobre el mercado energético global.

En un contexto internacional atravesado por tensiones crecientes, asegurar acceso y margen de maniobra sobre una de las mayores reservas del mundo representa una ventaja estratégica.

No para consumir.

Para condicionar.

Porque en geopolítica, el poder no reside únicamente en poseer recursos, sino en poder influir sobre ellos.

 ¿Qué cambió entonces?

No cambió el sistema. Cambió su equilibrio.

El poder interno sigue existiendo, pero bajo nuevas condiciones: más condicionado, más integrado a dinámicas externas y con menor margen de decisión autónoma en áreas clave.

¿Hubo independencia? Difícil sostenerlo. ¿Hubo autonomía? Limitada.

Lo que se configuró es un nuevo esquema en el que el poder persiste, pero bajo mayor influencia externa.

 

¿Y la sociedad?

Ahí es donde el relato pierde fuerza.

Porque mientras arriba se reorganiza el poder, abajo la vida sigue marcada por las mismas dificultades.

La sociedad venezolana no experimentó una mejora estructural:

·                     la inflación continúa afectando el poder adquisitivo

·                     los salarios siguen siendo insuficientes

·                     el acceso a alimentos sigue siendo desigual

·                     los servicios públicos permanecen deteriorados

·                     el sistema de salud continúa atravesado por limitaciones

La vida cotidiana no se transforma al ritmo de la geopolítica.

Se registraron gestos de apertura: liberación de presos políticos, moderación del discurso, intentos de reactivación económica. Pero estos movimientos, aunque relevantes, no alcanzan para modificar las condiciones estructurales.

El conflicto dejó de ser abierto. Pasó a ser administrado.

Y en ese pasaje, lo que se gana en estabilidad puede implicar una pérdida relativa de autonomía.

La dimensión estratégica

El bienestar de la sociedad venezolana no aparece como el eje central de la intervención.

Lo que sí aparece con claridad es el peso de los intereses estratégicos: recursos energéticos, posicionamiento regional y capacidad de influencia en un escenario global competitivo.

Venezuela no es un país menor en términos geopolíticos.

Y cuando esos factores entran en juego, las decisiones responden a lógicas que exceden lo estrictamente interno.

Conclusión

No hubo una revolución. No hubo una liberación.

Hubo un movimiento.

Un movimiento que reordenó el poder y redefinió quién puede influir sobre él.

Porque, en definitiva, la historia no se mide por quién cae, sino por qué cambia después.

Y en Venezuela, lo que cambió no fue el sistema.

Fue quién tiene la llave.

* Licenciado en Historia y especialista en geopolítica. DNI: 13.862.378