República Argentina: 1:53:51pm


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Por Roberto Arnaiz *colaboración para TIEMPO MILITAR

Suena el teléfono. La voz parece ser la de un hijo que pide ayuda. Pero puede haber sido fabricada. En otra pantalla, un estudiante recibe una explicación que finalmente le permite comprender un problema. En una empresa, un sistema detecta una falla antes de que una máquina se detenga.

Las tres escenas pertenecen al mismo mundo. La inteligencia artificial puede ayudarnos, engañarnos y cambiar nuestra manera de trabajar. De allí nace buena parte del miedo: sentimos que algo importante está ocurriendo, pero todavía no sabemos hasta dónde llegará.

Para la Argentina, esa inquietud tiene una dimensión mayor. Estamos frente a una transformación que puede ampliar nuestras posibilidades o profundizar nuestra dependencia. ¿Seremos capaces de aprovecharla? ¿Podemos convertirnos en un centro de importancia mundial? ¿Qué debemos proteger mientras avanzamos?

Lo que podemos ganar

Pensemos en un médico que necesita revisar información, en un docente que busca otra manera de explicar o en un pequeño empresario que debe organizar ventas, compras y cuentas. La IA puede ayudar a ordenar datos, comparar alternativas y ahorrar tiempo. Sus beneficios aparecen cuando se la utiliza para resolver un problema concreto.

También puede facilitar la investigación, asistir en la programación, traducir documentos y detectar patrones que serían difíciles de advertir entre miles de registros. Para una empresa pequeña, acceder a esas herramientas puede abrir posibilidades que antes requerían equipos costosos.

Hay resultados que permiten ir más allá de las promesas. El NBER, sigla en inglés de la Oficina Nacional de Investigación Económica, una organización estadounidense dedicada a la investigación económica, publicó un estudio sobre trabajadores de atención al cliente. El uso de un asistente de IA mejoró su productividad, en promedio, cerca de un 14%, con mayores beneficios para los menos experimentados.

Ese porcentaje no se puede trasladar automáticamente a todos los trabajos. Pero muestra algo importante: en determinadas condiciones, la tecnología puede ayudar a una persona a desempeñarse mejor.

Para nuestro país, las posibilidades alcanzan actividades esenciales: producir alimentos, anticipar problemas en equipos industriales, organizar transportes y mejorar servicios. El beneficio se vuelve tangible cuando una herramienta reduce una demora, evita una pérdida o permite hacer mejor una tarea.

En Defensa, podríamos comenzar por mantenimiento, abastecimiento, simulación y formación. Son ámbitos donde conviene probar, medir y corregir antes de incorporar sistemas a decisiones de mayor responsabilidad.

Lo que podemos perder

El primer riesgo es creer demasiado. Una respuesta puede estar bien escrita, sonar convincente y ser falsa. La IA puede inventar datos, documentos y referencias. Si quien la utiliza no tiene preparación para advertirlo, la velocidad deja de ser una ventaja.

El NIST —Instituto Nacional de Estándares y Tecnología de Estados Unidos— estudia estos problemas y propone criterios para gestionar los riesgos. Entre ellos están los errores presentados como certezas, los sesgos, la exposición de información privada y la producción de contenidos engañosos.

También están los empleos. La Organización Internacional del Trabajo estimó en 2025 que uno de cada cuatro puestos del mundo estaba potencialmente expuesto, en algún grado, a la IA generativa. Eso no significa que todos desaparecerán: muchos podrían transformarse.

Pero cambiar una tarea puede significar cambiar una vida. Habrá trabajadores que necesiten aprender otras funciones y actividades que requieran menos personas. Decirles que deben adaptarse no alcanza si no tienen tiempo, formación y oportunidades para hacerlo.

Hay otro costo menos visible: acostumbrarnos a aceptar respuestas sin pensar. Si delegamos permanentemente la lectura, la comparación y el juicio, podemos terminar perdiendo las capacidades que necesitamos para controlar la herramienta.

La información también exige cuidado. Antes de cargar datos de una empresa, una institución o una unidad militar, hay que saber dónde serán procesados y quién podrá acceder a ellos. La comodidad de un servicio no asegura su conveniencia para cualquier uso.

Finalmente, los centros de datos consumen energía y, según su diseño, pueden demandar agua para refrigeración. Sus beneficios económicos deben evaluarse junto con sus necesidades y sus efectos sobre las comunidades.

En Defensa, el error tiene otro peso

Una interpretación equivocada puede demorar un trámite. En una crisis, puede afectar una decisión con consecuencias mucho mayores.

La IA puede ayudar a examinar información de sensores, imágenes y documentos. Pero conocer más datos no asegura comprender las intenciones de un adversario. Tampoco garantiza que esos datos sean auténticos o estén completos.

Desde una perspectiva estratégica, la incertidumbre cambia de lugar. Podemos observar mejor una situación y, al mismo tiempo, depender de una recomendación que no sabemos explicar. Si el mando acepta esa recomendación sin contraste, puede decidir con rapidez sobre una premisa equivocada.

Por eso la formación sigue siendo central. La IA amplía el análisis. El mando evalúa y decide. Y quien decide necesita entender qué puede hacer el sistema, reconocer sus límites y conservar alternativas cuando falle.

La oportunidad argentina: energía, conocimiento y decisión

La inteligencia artificial parece vivir en las pantallas. Sin embargo, depende de edificios, equipos, cables y electricidad. Detrás de una respuesta hay una infraestructura que debe funcionar de manera continua.

La Agencia Internacional de Energía calcula que el consumo eléctrico mundial de los centros de datos podría casi duplicarse entre 2025 y 2030. Esa proyección comprende todos los centros de datos, no solamente los dedicados a IA.

Aquí aparece una oportunidad para la Argentina. Los recursos gasíferos de Vaca Muerta y el potencial eólico patagónico pueden contribuir a una oferta energética atractiva. Las temperaturas bajas de algunas zonas podrían ayudar a reducir ciertas necesidades de refrigeración.

Pero el viento no sopla siempre y un yacimiento no alimenta por sí solo un centro de datos. Hacen falta generación, redes, respaldo y conectividad. El frío también debe evaluarse junto con la disponibilidad de agua, las condiciones locales y las exigencias de los equipos.

La segunda ventaja posible está en las personas. Tenemos una base científica y técnica sobre la cual trabajar. El ILIA, Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial, elaborado por el Centro Nacional de Inteligencia Artificial de Chile junto con la CEPAL —Comisión Económica para América Latina y el Caribe—, evalúa capacidades, adopción y políticas en la región. Su edición de 2025 incluye a la Argentina entre los cinco países que reúnen el 90% de las publicaciones regionales sobre IA. desarrollodigital.cepal.org

Eso no nos convierte en una potencia mundial. Sí muestra que hay conocimiento que debemos cuidar, ampliar y conectar con necesidades reales.

Un ejemplo es Clementina XXI, una supercomputadora instalada en el Servicio Meteorológico Nacional. Es un conjunto de equipos que trabajan coordinadamente para realizar enormes cantidades de cálculos y resolver problemas complejos. Puede apoyar simulaciones, investigación y proyectos productivos. No es un chatbot ni una inteligencia artificial por sí misma: es infraestructura de cálculo que puede servir a esas actividades.

La combinación de energía, infraestructura y especialistas podría darle al país un lugar relevante. Para alcanzarlo, necesitamos sostener esas capacidades durante años.

¿Un centro mundial o un lugar donde otros instalan sus equipos?

En octubre de 2025 se anunció una carta de intención entre OpenAI y Sur Energy para un centro de datos con capacidad de hasta 500 megavatios y una inversión prevista de hasta 25.000 millones de dólares.

Es una señal de interés que merece atención. También merece precisión: el anuncio de un proyecto no equivale a una obra terminada. Su valor debe seguirse en el financiamiento, la construcción y la puesta en funcionamiento.

La pregunta estratégica viene después: ¿qué queda para la Argentina? ¿Se forman especialistas? ¿Participan proveedores locales? ¿Las universidades y las empresas nacionales pueden acceder a capacidad de cálculo? ¿Desarrollamos soluciones propias?

Podemos recibir inversiones importantes y obtener beneficios. Pero para convertirnos en un centro de importancia mundial necesitamos algo más que alojar equipos: debemos ampliar nuestra capacidad de investigar, producir y decidir.

La soberanía tecnológica se construye también mediante la cooperación. No exige fabricar de inmediato todos los componentes, pero sí saber qué capacidades necesitamos conservar y cómo reducir dependencias que podrían limitar nuestra libertad de acción.

Del miedo a la preparación

La discusión necesita reconocer los dos lados. La IA puede mejorar trabajos, ampliar conocimientos y ayudar a resolver problemas. También puede multiplicar engaños, desplazar tareas y concentrar poder en quienes controlan sus sistemas.

La Argentina tiene una oportunidad, pero debe convertirla en una tarea concreta: formar personas, sostener la investigación, asegurar infraestructura y proteger la información. En Defensa, incorporar tecnología exige preparar al mando y asumir responsabilidades por sus resultados.

El miedo puede advertirnos de un peligro. La preparación nos permite enfrentarlo. El futuro de la Argentina en la inteligencia artificial dependerá de las decisiones que tomemos mientras todavía tenemos margen para elegir.

*Licenciado en Historia y especialista en geopolítica. DNI 13.862.378