República Argentina: 1:54:28pm

Por Roberto Arnaiz* colaboración para TIEMPO MILITAR

Hay días en que el soldado joven mira el patio del cuartel y se pregunta, en silencio: “¿Sirve de algo todo esto?”

Corre. Tira. Limpia su arma. Hace guardia. Estudia reglamentos escritos cuando los misiles todavía no pensaban solos. Y mientras tanto, en alguna parte del mundo, un blanco aparece en una pantalla, un operador aprieta un botón a miles de kilómetros y el cielo decide quién vive y quién no.

La guerra ya no siempre avisa. No llega con trompetas. Llega con satélites.

Entonces el muchacho, con veinte años y uniforme planchado, piensa:

¿De qué sirve el barro si ahora la muerte baja desde arriba guiada por algoritmos?

Sirve.
Pero no como antes.

La diferencia tecnológica existe. Negarlo es infantil. Hay países que pelean con inteligencia artificial, enjambres de drones, guerra electrónica y sistemas de vigilancia permanente. Otros siguen peleando con voluntad. Y la voluntad sola no alcanza si no se profesionaliza.

El problema no es el dron. El problema es el soldado que no piensa.

Hoy el entrenamiento militar no puede ser repetición mecánica. No puede ser desfile eterno ni rutina sin cerebro. Tiene que ser creatividad aplicada al conflicto moderno.

El joven oficial y el suboficial deben entender tres cosas:

Primero: la tecnología no reemplaza al hombre, lo obliga a superarse. El enemigo puede tener sensores más finos, pero si vos no aprendes a moverte, a dispersarte, a comunicarte con inteligencia y a leer el terreno humano y digital, estás entregado antes de empezar.

Segundo: la improvisación ya no es desorden, es competencia. La guerra moderna es incierta, híbrida, ambigua. Se mezcla lo militar con lo informático, lo psicológico con lo económico. El que no pueda adaptarse en minutos queda fuera del tablero.

Tercero: el profesionalismo es el arma silenciosa. Un ejército que estudia, que investiga, que analiza conflictos reales, que entrena escenarios complejos y no sólo el reglamento de memoria, es un ejército que reduce la brecha tecnológica con cabeza, no con presupuesto.

La pregunta no es si lo que se hace en el cuartel sirve. La pregunta es cómo se hace.

¿Se entrena pensando o repitiendo? ¿Se fomenta la iniciativa o se castiga al que propone? ¿Se estudian las guerras actuales o se vive del recuerdo?

El 3 de enero —como otros días que cambiaron el mapa en segundos— dejó una lección brutal: la sorpresa tecnológica existe. Pero también dejó otra enseñanza más profunda: la guerra moderna castiga la previsibilidad.

Un militar creativo, disciplinado y profesional es más difícil de sorprender que uno rutinario. No porque tenga más armas, sino porque tiene más criterio.

La defensa del futuro no está sólo en comprar sistemas. Está en formar hombres y mujeres capaces de pensar bajo presión, de aprender constantemente, de integrar tecnología con doctrina y doctrina con realidad.

La brecha tecnológica no se evita quejándose. Se reduce estudiando.
Se reduce entrenando con escenarios realistas. Se reduce fomentando iniciativa en todos los niveles.

El soldado del siglo XXI debe saber disparar, pero también interpretar información. Debe saber moverse en el terreno, pero también comprender el espacio digital. Debe ser resistente físicamente, pero flexible mentalmente.

El mundo cambió. El cuartel no puede ser museo.

Si los jóvenes se preguntan si sirve lo que hacen, la respuesta es clara: sirve si se hace con inteligencia. Sirve si cada ejercicio es un laboratorio. Sirve si cada entrenamiento incluye incertidumbre. Sirve si el liderazgo promueve pensamiento crítico y no obediencia ciega.

La tecnología impresiona. La profesionalidad sostiene.

Y cuando el ruido del dron atraviesa el cielo, la diferencia no la hace sólo el aparato. La hace el nivel de preparación del que está abajo. El futuro no será del más fuerte. Será del más preparado. Y prepararse ya no es repetir.
Es evolucionar.

*DNI 13.862.378