República Argentina: 12:16:09am

Por Ceferino Reato * publicado en www.infobae.com

Hace 20 años, en un homenaje al sacerdote asesinado en 1974, Marta Mugica le dijo al jefe montonero: “Usted es un hombre que hizo mucho daño en el país”. Además, las dos hipótesis sobre sus asesinos y cuándo y cómo se empezó a hablar de la Triple A como autora

Todavía resuenan las palabras de Marta, una de las hermanas del padre Carlos Mugica, cuando echó al ex jefe guerrillero Mario Firmenich de un homenaje a su hermano en la villa de Retiro en 1994, al cumplirse veinte años de su asesinato.

—Le voy a pedir que se retire porque nos está ofendiendo con su presencia. Usted es un hombre que hizo mucho daño en el país, le pido por favor que se retire.

—¿Usted es la hermana de Carlos? Yo soy discípulo de Carlos.

—No, discípulo, no. Si fuera discípulo, habría sido otra su historia.

“Primero, yo no sé si fueron los montoneros o fue la Triple A”, aclaró luego la hermana del cura a la periodista de Crónica TV. “Sé que las mismas ganas tenían ese grupo, esa fracción, porque en los montoneros hubo de todo, pero sobre todo el señor Firmenich; creo que es un asesino que dejó morir a sus compañeros, un hombre que lo único que hizo fue confundir”, afirmó.

De esa manera, Marta Mugica mentó las dos hipótesis sobre la autoría del crimen, el 11 de mayo de 1974, a la salida de la iglesia San Francisco Solano, en el barrio porteño de Villa Luro, donde el cura terminaba de dar misa.

En realidad, la Triple A recién apareció en el expediente judicial diez años después del crimen, en 1984, cuando un preso llamado Juan Carlos Juncos aseguró que había sido custodio del ministro peronista José López Rega, tarea en la cual “cometí varios trabajos sucios, siendo varias veces brazo ejecutor de los mismos. Puedo dar algunos nombres: Rucci, Coria, padre Mujica (textual), etcétera”.

Corrían los primeros meses del gobierno del presidente radical Raúl Alfonsín. Juncos estaba preso por robos reiterados en Neuquén y con una simple carta logró que lo trasladaran a Villa Devoto, cerca de donde vivía su mamá, a cambio de contar en la Justicia todo lo que sabía sobre los crímenes de la Triple A, el temible escuadrón paraestatal de derecha.

Por primera vez, la Triple A y López Rega se colaban en el expediente judicial, donde hasta aquel momento el principal sospechoso era Firmenich, jefe de Montoneros y ex discípulo del cura en la Acción Católica, si bien nunca fue llamado a declarar.

Es que, durante los últimos meses de vida, Mugica había sido amenazado de muerte por el estado mayor de Montoneros, como lo testimoniaron, entre otros, el periodista Jacobo Timerman en su diario, La Opinión; los peronistas Antonio Cafiero y Julio Bárbaro, y sus alumnos de Teología en la Universidad del Salvador.

El 13 de marzo de 1984 Juncos declaró ante el nuevo juez de la Causa Mugica, Eduardo Hernández Agramonte. Señaló que dos días antes del asesinato fue citado por custodias de López Rega en la confitería La Perla, en el barrio de Once, para invitarlo a participar del atentado como chofer, por lo cual le pagarían diez millones de pesos.

Cuando el juez le preguntó por qué querían matar al sacerdote, Juncos contestó que uno de los custodios de López Rega le explicó que “era un ‘trabajo’ para la organización ‘Triple A’ porque el padre Mugica estaba estorbando políticamente”.

Juncos detalló el atentado con él como chofer, pero cometió errores claves, por ejemplo: el automóvil utilizado —un Peugeot 404 negro, aseguró— y la hora del ataque, las diez menos diez de la noche en su colorida versión, que incluyó una descripción de sus tres acompañantes, incluso con nombres y apellidos.

A pesar de los errores evidentes y del tono fantasioso de su relato, el testimonio de Juncos entusiasmó a la justicia y también a los medios de comunicación. ¡Por fin se sabría la verdad sobre uno de los asesinatos más espantosos de los setenta! Además, el testimonio apuntaba contra la Tiple A, a la que se describía como un tenebroso escuadrón de ultraderecha durante la presidencia del propio Juan Domingo Perón.

Era lo que quería escuchar la mayoría de la gente, como reflejaba la optimista cobertura de la prensa en general.

Por ejemplo, la revista Gente, uno de los medios más influyentes aquellos años, hizo su tapa del 29 de marzo de 1984 con la nueva estrella de Tribunales asomada a la ventana de su celda ubicada en el entrepiso del Pabellón 12 de la Unidad 2 de Villa Devoto con el título: “Este hombre sabe quién mató a Rucci, a Coria y al padre Mugica”, y varios textuales, uno de ellos muy ilustrativo, aunque imposible de rastrear en los dichos de Juncos en Tribunales: “Después de matar al padre Mugica, fuimos hasta General Paz y Beiró, donde cambiamos de coche y subimos a un Falcon color verde”, en alusión al automóvil convertido en emblema de la represión ilegal desde antes del golpe militar. Se trataba del eslabón que unía a la Triple A con la dictadura.

Pero Juncos resultó un impostor, el primero en esta causa.

Mientras los acusados por él iban desmintiendo sus dichos, Juncos solicitó volver al juzgado tres meses después, el 11 de julio de 1984, para aclarar que, “en rigor de verdad, no tuvo participación alguna” en esos homicidios, y que inventó toda una ficción para que lo trasladaran a una cárcel en la Capital Federal, cerca de su madre, que se había fracturado la cadera.

Había creado ese relato con los datos que le aportó la lectura en la cárcel neuquina de “un artículo aparecido en la revista Gente, en el cual Salvador Paino realizaba un relato pormenorizado desde el Uruguay” de supuestos atentados de la Triple A, y lo condimentó con los nombres de varios presos que había conocido en su periplo carcelario.

El sacerdote, en una de sus recorridas por barrios humildes de Capital Federal y el Conurbano

El sacerdote, en una de sus recorridas por barrios humildes de Capital Federal y el Conurbano

Juncos estaba preocupado muy porque en la cárcel porteña un preso lo había obligado bajo amenazas a asumir la autoría de otro homicidio porque ya “se había hecho cargo de la muerte de Rucci, Coria y Mujica (Textual)” y no tenía mucho que perder. Temía que ese tramo de la confesión inventada pudiera traerle problemas adicionales.

En realidad, Rogelio Coria, sindicalista de la Construcción, había sido asesinado el 22 de marzo de 1974 por Montoneros, lo mismo que José Ignacio Rucci, secretario general de la CGT, muerto el 25 de septiembre de 1974.

Sin embargo, la ficción inventada por Juncos tuvo una larga y fructífera vida. Periodistas y escritores favorables al relato sobre los setenta que dividía aquellos años de plomo entre ángeles y demonios, entre guerrilleros y represores, continúan citándolo como fuente con el objetivo de atribuir el crimen del padre Mugica a la Triple A; es decir, a la derecha peronista armada y vinculada al Estado.

El testimonio de Juncos también sirvió para la autorización del pago de indemnizaciones a familiares de víctimas de asesinatos cuya autoría no estaba clara, como el del propio padre Mugica, que fue cobrado por algunos de sus hermanos, aunque no por Marta Mugica, la que se atrevió a echar a Firmenich del homenaje a su hermano.

Ceferino Reato es periodista y escritor. El texto está extraído de su último libro, Padre Mugica, de Editorial Planeta

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