Ahora tiene la responsabilidad y el poder de llevar consuelo donde casi nadie quiere entrar. Por eso muchos argentinos le agradeceríamos que visitara la Unidad Penal 34 de Campo de Mayo. Allí, sesenta y seis hombres, con una edad promedio de 78 años, esperan la muerte. No tienen posibilidad alguna de libertad condicional; no por sus actos personales, sino por decisiones políticas que los han convertido en rehenes de una época. Son ancianos enfermos, abandonados por todos, y su sufrimiento es silencioso. Una visita suya sería un acto de caridad verdadera, no declamada. Sería encarnar el “estuve preso y me visitasteis” y honrar el Salmo 71: “No me deseches en la vejez; cuando mi fuerza se acabare, no me desampares”. Hoy, monseñor, usted puede elegir entre mirar o hacerse cargo. Su decisión hablará más que cualquier homilía.
José Luis Milia
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