El libro que acaba de publicar Mario Firmenich, principal líder de la lucha armada y a la vez el sobreviviente más destacado de los años de plomo, según algunas crónicas produjo en el peronismo “incomodidad”. Lamentablemente no se dieron a conocer los nombres de quienes se habrían sentido incómodos, tampoco sus razones.
Lo verificable es que Orígenes. Las raíces de nuestra militancia, así se llama esta mezcla de ensayo con autobiografía adolescente que Firmenich pretende que se lea como “un manual para la tarea militante de educar la conciencia nacional del soberano”, generó en la comunidad política un estruendoso silencio público. Tan estruendoso y uniforme que hasta es posible concluir que la reacción terminó siendo mucho más elocuente que la novedad bibliográfica en sí misma.
En ese silencio quizás se solapa la compleja relación de pertenencia de los Montoneros al movimiento peronista, lo cual significa que allí probablemente repose una de las claves más trascendentes de la política argentina contemporánea, marcada durante ya más de dos décadas por un peronismo que se dice de izquierda (aunque aparezcan voces aisladas como la del gobernador riojano Ricardo Quintela que ahora se despegan; “yo nunca fui zurdo”, aclaró hace poco).
Hay que considerar el momento: hoy el peronismo no sólo está ávido de organización y de proyecto sino que, de la mano de su crisis integral, se encuentra a las puertas de otra de sus cíclicas mutaciones ideológicas. Y existen indicios de que pronto podría quedar sepultada -con o sin Cristina Kirchner- la etapa del llamado progresismo kirchnerista para dar lugar al nuevo restyling, se ignora aún con qué grado de aggiornamiento económico y político y bajo qué conducción.
Hubo quien interpretó la aparición del libro de Firmenich como un intento suyo de revalidarse como actor histórico para terciar en la discusión interna del movimiento. Si así fuera estaríamos frente a otra certificación del reconocido sentido de irrealidad de quien apuntó los fusiles de la principal organización de la lucha armada peronista contra un gobierno peronista. Quien bajo la dictadura despachó dos contraofensivas consecutivas enviando a la muerte a dos centenares de militantes. Y, antes que nada, del que le quiso torcer el brazo a su líder militar ultraverticalista mientras él firmaba los comunicados de los secuestros y asesinatos de Montoneros con la consigna “Perón o muerte”.
Firmenich, tantas veces acusado de haber sido agente doble, es un individuo demasiado impopular como para que el peronismo lo siente a una mesa, por más que desde la época de Menem la dirigencia del movimiento está repleta de exmontoneros orgullosos de su pasado. Quienes por lo general tampoco hablan en público sobre la manera en que procesaron la experiencia personal de la lucha armada, si les quedó algún trauma o cómo evolucionaron sus ideas, que en unos cuantos casos hicieron una temporada en el neoliberalismo menemista.
Como asesor del régimen nicaragüense Firmenich viene sumando puntos para ser tenido en cuenta como hombre de consulta, pero sólo en caso de que se quiera saber cómo se aniquila una democracia. Igual nada lo inhibe. Mientras reporta en Managua a Daniel Ortega, quien acaba de eliminar las elecciones y cancelar la disidencia, en su nuevo libro se erige en catador de las democracias argentinas.
El primero que publicó, Eutopía: una propuesta alternativa al modelo neoliberal, hace 22 años, fue un fracaso de ventas, aunque en su momento armó cierto revuelo mediático. A un periodista cordobés que le preguntó en una conferencia de prensa sobre las acusaciones de agente doble le contestó que lo batiría a duelo. Pero se levantó y se fue.
¿Dónde está parado este exlíder guerrillero condenado por la Justicia durante el gobierno de Alfonsín a 30 años de prisión y luego indultado por Menem? Hay un aura recauchutada de Montoneros que así como resarce a nostálgicos ya jubilados entusiasma a muchos jóvenes veneradores de la “generación diezmada” y la epopeya inconclusa que meneaba Cristina Kirchner. La marca Montoneros forma parte, de eso no hay duda, del expansivo, tentacular universo peronista. Que si de su fundador algo conserva es la ferviente ambigüedad narrativa como pegamento de las partes.
Muchas veces la veneración del peronismo a los Montoneros fue sutil, indirecta, sugerida. Otras no. “Reivindicamos todas sus luchas”, decía sin vueltas el documento de las organizaciones de derechos humanos cooptadas por el kirchnerismo que se leyó en Plaza de Mayo el 24 de marzo último, ayer nomás, y que para muchos asistentes a la concentración probablemente pasó inadvertida. Se refería en primer lugar a Montoneros y luego a otras organizaciones que también participaron o convalidaron la lucha armada.
Firmenich publica su primer libro con memorias y todos callan tal vez por el mismo motivo por el que el pasado peronista completo de los setenta quedó encerrado en un cofre blindado. Las evocaciones esporádicas de parte de los protagonistas casi siempre son epidérmicas, emotivas, rústicas, panfletarias y, desde luego, irrespetuosas con la verdad histórica. Firmenich presume de reflexivo pero apuntala la narrativa del cofre blindado. O le pasa de largo.
Ni siquiera se les ocurre a las figuras más visibles del peronismo actual algún comentario sobre el período vital que el autor eligió para evocarse, la adolescencia, en lugar de afrontar, ya que quería contar vivencias, todo lo que hizo en su vida adulta. Es llamativo que nadie le reclame que, antes de escribir “manuales” como si “la orga” todavía existiera, asuma su responsabilidad, se haga cargo de las directivas que dio, de las enrevesadas estrategias que siguió, en definitiva de la parte del baño de sangre que le cupo.
En Orígenes. Las raíces de nuestra militancia Firmenich busca legitimar su pasado de armas bajo el manto de una pureza católica y juvenil, quiere espejarse en la narrativa de los jóvenes devotos bienintencionados que sufrían por los pobres explotados del Chaco profundo.
El libro ni siquiera responde a un género preciso ni a un período bien acotado. Arranca con Tupac Amaru, pasa por el golpe del 43, se detiene a desgranar previsibles elogios al primer peronismo, le endosa al Concilio Vaticano II el haber adoptado a Cristo como modelo y reparte analogías a lo loco. No falta la explotación de los trabajadores rurales y el sistema de préstamos del FMI.
En las librerías se escenifica el sinsentido. El flamante libro de recuerdos de la adolescencia aterriza ahora en los mismos anaqueles por los que circularon a través de cuarenta años centenares de títulos sobre lo que ocurrió en los setenta: libros de historiadores, periodistas, sociólogos, investigadores extranjeros, protagonistas, antagonistas, exguerrilleros, exjefes, testigos, víctimas, familiares de víctimas. La mayoría de los cuales, bien o mal, con una o con otra visión, fueron a la médula. Del montonero supremo Mario Eduardo Firmenich, un actor principal, medular no hay nada, nada parecido a una revisión del pasado. Sólo se pueden encontrar desde este mes los recuerdos de una adolescencia, reflexiones militantes del sensible joven católico Mario Eduardo Firmenich.
Para entender el origen de los Montoneros ya estaba el excelente trabajo de Lucas Lanusse Montoneros, el mito de los 12 fundadores. En Marcados a fuego, Marcelo Larraquy ya había detallado las bases sesentistas de la organización, al igual que otros autores. El impacto historiográfico causado por el estrafalario dato de que a los montoneros se los llamó la izquierda peronista pero en verdad varios de sus fundadores procedían de la derecha católica y del nacionalismo tiene más o menos la edad de la democracia. Lo produjo el libro Soldiers of Perón, de Richard Gillespie. Lo que no significa que no se supiera desde mucho antes que, por ejemplo, Fernando Abal Medina, el montonero de apenas 22 años que fue autor material del asesinato de Aramburu, procedía del nacionalismo católico de derecha con raíces fascistas.
Quizás quien mejor desmenuzó ese laberinto de la historia fue Pablo Giussani en Montoneros, la soberbia armada, un ensayo aparecido en 1984. Giussani explica las tramas subyacentes de la cabeza de Firmenich y sus lugartenientes, el medio para justificar el fin, la idolatría de las armas, la violencia y su relación con el culto a la muerte, el vínculo de sumisión rebelde con Perón. Temas de improbable alcance para el autor Firmenich. Cuyo reciente esfuerzo literario ha conseguido algo nuevo, que no es aplauso ni abucheo ni indiferencia. Un silencio que habla.




