República Argentina: 7:30:24pm


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Por Roberto Arnaiz *colaboración para TIEMPO MILITAR

La libertad no es un catálogo de deseos ni un bufet libre de derechos; es una responsabilidad que se construye con educación, virtud y compromiso con el bien común.

Cuando pensamos en Manuel Belgrano, la imagen que suele aparecer es la del creador de la bandera argentina. Otros recuerdan al vencedor de Tucumán y Salta o al conductor del Éxodo Jujeño. Sin embargo, detrás del militar, del patriota y del prócer existió un hombre que dedicó gran parte de su vida a reflexionar sobre una pregunta fundamental: ¿cómo se construye una Patria libre?

La respuesta que encontró fue mucho más profunda que la simple independencia política.

Belgrano comprendió que expulsar a un poder extranjero era apenas el comienzo de una tarea mucho más compleja. Declarar la libertad podía lograrse en un día. Construir una sociedad capaz de conservarla demandaba generaciones.

Por eso su pensamiento sigue teniendo una sorprendente actualidad.

Mientras muchos de sus contemporáneos discutían cómo derrotar a los ejércitos realistas, él se preguntaba qué tipo de ciudadanos serían necesarios para sostener la libertad una vez alcanzada. Sabía que una nación no se fortalece únicamente mediante victorias militares. También necesita valores, educación, instituciones y ciudadanos capaces de anteponer el bien común a sus intereses personales.

Quizás por eso una de sus frases más profundas fue también una de las más sencillas:

“Nada importa tanto como tener hombres honrados.”

Detrás de esas pocas palabras existe toda una filosofía política.

No era una frase pronunciada desde la comodidad de un despacho ni una consigna destinada a impresionar auditorios.

La decía un hombre que había renunciado a privilegios personales, que había donado el dinero de sus victorias militares para la construcción de escuelas y que terminaría sus días prácticamente sin fortuna.

Belgrano no concebía la virtud como un discurso. Intentaba vivirla.

Quizás por eso sus palabras conservan fuerza dos siglos después. No provenían de la teoría, sino del ejemplo.

Belgrano comprendía que las leyes son importantes. Las constituciones también. Los gobiernos, los tribunales, las fuerzas armadas y las instituciones resultan indispensables para organizar la vida colectiva.

Pero sabía algo que la historia ha demostrado una y otra vez.

Ninguna institución es mejor que las personas que la integran.

Un país puede poseer excelentes leyes y, sin embargo, sufrir la corrupción. Puede tener una constitución admirable y padecer abusos de poder. Puede contar con organismos sofisticados y ver cómo se deterioran lentamente cuando quienes los conducen dejan de actuar con honestidad.

Por eso, para Belgrano, ética y política no eran cosas separadas.

La política era el arte de construir la Patria.

La ética era el conjunto de principios que debía orientar esa construcción.

Honestidad.

Responsabilidad.

Justicia.

Sacrificio.

Compromiso con el bien común.

Sin esos valores, la política podía transformarse en una simple lucha por intereses particulares.

La ética sin acción política corría el riesgo de quedar reducida a buenas intenciones.

La política sin ética terminaba convirtiéndose en ambición, privilegio y corrupción.

Por eso la calidad moral de una república dependía tanto de sus instituciones como de la conducta de sus ciudadanos.

Para comprender esta idea resulta útil una imagen sencilla.

Construir una Patria es como levantar un edificio.

Cuando un arquitecto inicia una obra, no comienza por el techo ni por las terminaciones. Primero construye los cimientos.

Los cimientos no son la parte más visible.

Tampoco son los que reciben los aplausos.

Sin embargo, de ellos depende toda la estructura.

Belgrano veía la organización nacional de una manera similar.

Las leyes eran importantes.

Las instituciones eran necesarias.

Los gobiernos cumplían una función esencial.

Pero los verdaderos cimientos estaban formados por los valores de las personas.

Cuando desaparece la honestidad, comienzan a aparecer las grietas.

Cuando se pierde el sentido de responsabilidad, las normas dejan de cumplirse.

Cuando el interés individual reemplaza al bien común, la estructura empieza a debilitarse.

El edificio puede mantenerse en pie durante algún tiempo, pero tarde o temprano aparecen los problemas.

Por eso la ética era, para Belgrano, el alma de la política.

Esta reflexión nos conduce inevitablemente a otro concepto central de su pensamiento: la libertad.

En nuestro tiempo suele confundirse la libertad con la posibilidad de hacer cualquier cosa.

Se la presenta como la ausencia absoluta de límites.

Como una especie de catálogo de deseos disponibles para ser satisfechos.

Como un bufet libre donde cada individuo toma aquello que quiere sin preocuparse demasiado por las consecuencias.

Belgrano pensaba algo muy diferente.

Para él, la libertad no era un catálogo de deseos.

No era un bufet libre de derechos sin obligaciones.

No consistía en hacer cualquier cosa.

Consistía en tener la capacidad de gobernarse a uno mismo.

El capricho y la libertad no son la misma cosa.

Una persona puede actuar impulsivamente, dejarse arrastrar por sus deseos o perseguir únicamente sus intereses inmediatos. Sin embargo, eso no necesariamente la convierte en libre.

Quien no domina sus impulsos termina siendo esclavo de ellos.

La verdadera libertad exige autodominio.

Exige comprender las consecuencias de nuestras acciones y asumir la responsabilidad por ellas.

Para Belgrano, la libertad no consistía en eliminar toda obligación. Consistía en elegir correctamente entre distintas posibilidades.

Un pueblo libre no era aquel que hacía cualquier cosa.

Era aquel que poseía la madurez moral e intelectual necesaria para gobernarse a sí mismo.

Por esa razón otorgó tanta importancia a la educación.

Su famosa frase:

“Un pueblo ignorante jamás puede ser libre.”

no era solamente una reflexión pedagógica.

Era una definición política.

Belgrano comprendía que la libertad requiere conocimiento.

Quien no entiende la realidad puede ser manipulado.

Quien desconoce sus derechos difícilmente pueda defenderlos.

Quien carece de herramientas intelectuales termina dependiendo de otros para pensar y decidir.

La educación, entonces, no era un lujo.

Era una condición indispensable para la libertad.

Sin embargo, tampoco bastaba con la educación.

Porque una persona puede ser instruida y, aun así, actuar de manera irresponsable.

Por eso Belgrano insistía también en la formación moral.

Aquí aparece una pregunta fundamental.

Si la república necesita hombres honrados, ¿cómo se forman esos hombres honrados?

¿Cómo se construyen ciudadanos capaces de actuar con responsabilidad cuando nadie los observa?

La respuesta nos conduce a una de las grandes tradiciones del pensamiento occidental.

Mucho antes de Belgrano, Aristóteles había sostenido que la virtud no es una cualidad innata ni un regalo reservado a unos pocos privilegiados.

La virtud se aprende.

Y se aprende mediante la práctica.

Nos volvemos justos practicando la justicia.

Nos volvemos valientes practicando la valentía.

Nos volvemos responsables actuando responsablemente.

La virtud no nace de los discursos.

Nace de los hábitos.

El pensamiento de Belgrano dialoga profundamente con esta tradición.

Cuando insistía en la educación, en la moral pública y en la formación ciudadana, no pensaba únicamente en transmitir conocimientos.

Pensaba en formar hábitos.

Porque las grandes conductas públicas suelen ser el resultado de miles de pequeñas decisiones privadas.

La honestidad no aparece repentinamente cuando una persona asume un cargo importante.

Se construye mucho antes.

Se forma cuando alguien actúa correctamente aun cuando nadie lo está observando.

La responsabilidad tampoco surge en los momentos extraordinarios.

Se desarrolla en las pequeñas obligaciones cotidianas.

La justicia se fortalece cada vez que elegimos hacer lo correcto aunque resulte incómodo.

Podemos comprenderlo mediante una comparación sencilla.

Un músico pasa años ensayando en la intimidad de su hogar.

Horas y horas repitiendo ejercicios, corrigiendo errores y perfeccionando movimientos.

Cuando finalmente sube a un escenario, la ejecución parece natural.

Pero esa naturalidad es el resultado de una disciplina invisible.

Con las virtudes ocurre exactamente lo mismo.

Las personas se vuelven honestas siendo honestas.

Se vuelven responsables actuando responsablemente.

Se vuelven justas practicando la justicia.

Lo que aparece como una conducta espontánea suele ser el resultado de años de formación.

Pero existe otro aspecto igualmente importante.

Las virtudes no se transmiten únicamente mediante palabras.

También se enseñan mediante el ejemplo.

Los hijos observan a sus padres.

Los alumnos observan a sus maestros.

Los ciudadanos observan a sus dirigentes.

Una sociedad termina pareciéndose a los modelos que admira.

Por eso el ejemplo posee una fuerza educativa extraordinaria.

Un solo acto de integridad puede enseñar más que decenas de discursos.

Del mismo modo, una conducta deshonesta puede destruir en pocos minutos aquello que años de enseñanza intentaron construir.

Belgrano comprendía esta realidad.

Sabía que quienes ocupan posiciones de responsabilidad no solo administran instituciones.

También transmiten valores mediante su comportamiento cotidiano.

Por eso la construcción de la Patria comenzaba mucho antes de la política.

Comenzaba en la educación.

En la familia.

En la escuela.

En los hábitos cotidianos.

En las decisiones que tomamos cuando nadie nos observa.

Porque una sociedad no se sostiene únicamente mediante leyes.

Necesita ciudadanos acostumbrados a actuar correctamente.

Necesita personas capaces de controlar sus impulsos, respetar normas y pensar más allá de sus intereses inmediatos.

La libertad depende de ello.

Una comunidad donde cada individuo persigue exclusivamente sus deseos termina perdiendo la capacidad de gobernarse a sí misma.

Y cuando una sociedad ya no puede gobernarse a sí misma, su libertad comienza a debilitarse.

Quizás allí resida una de las enseñanzas más actuales de Belgrano.

Vivimos en una época donde frecuentemente se habla de derechos.

Y está bien que así sea.

Pero muchas veces olvidamos que toda libertad implica una responsabilidad.

Que todo derecho genera un deber.

Que toda república necesita ciudadanos dispuestos a sostenerla.

Belgrano nos recuerda que no existe contradicción entre libertad y responsabilidad.

Por el contrario.

Una necesita de la otra.

No hay libertad sin responsabilidad.

No hay ciudadanía sin compromiso.

No hay república sin virtud.

Y no hay Patria sin personas capaces de pensar más allá de sí mismas.

Tal vez por eso Belgrano sigue siendo actual.

Porque comprendió que la verdadera batalla de una nación no se libra únicamente en los campos de combate, en los parlamentos o en los despachos gubernamentales.

Se libra todos los días en la conciencia de cada ciudadano.

Allí donde se decide entre la comodidad y el deber.

Entre el interés personal y el bien común.

Entre la indiferencia y el compromiso.

Entre el capricho y la responsabilidad.

Allí donde una persona decide actuar correctamente aunque nadie la esté observando.

Porque la libertad no es un regalo que se recibe una vez y para siempre.

Es una conquista cotidiana.

Se construye mediante la educación.

Se fortalece mediante la virtud.

Se preserva mediante la responsabilidad.

Y se transmite mediante el ejemplo.

Belgrano entendió que la Patria no se sostiene solamente con ejércitos, leyes o instituciones. Se sostiene, sobre todo, con ciudadanos capaces de gobernarse a sí mismos.

Quizás esa sea la enseñanza más valiosa que nos dejó.

Porque mientras existan hombres y mujeres dispuestos a vivir de acuerdo con esos principios, la libertad seguirá teniendo un futuro.

Y la ética continuará siendo, como él soñó, el alma de la política.

*Licenciado en Historia y especialista en geopolítica. DNI: 13.862.378