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Por Adrián Pignatelli publicado por www.infobae.com

Callado y reservado, Carlos Omar Ortiz fue parte del personal de sanidad de la Fuerza Aérea durante la guerra. Intervino en arriesgadas acciones para socorrer soldados. Su hijo cineasta hizo un corto en base a las cartas que se escribía con la que tiempo después sería su esposa, una mujer que sostiene que Malvinas no es solo el 2 de abril, sino los 365 días del año

En el medio del infierno de los bombardeos británicos de ese sábado 1 de mayo, el suboficial Carlos Omar Ortiz repasó en cuestión de segundos toda su vida y tuvo presente a su familia, especialmente a su madre. Lo hizo mientras cubría con su cuerpo a Dante Rafael Dovichi, capitán de la Fuerza Aérea, que había quedado herido en el campo. Ortiz no dudó en protegerlo, a pesar de la insistencia de Dovichi de que lo dejase. Las explosiones se sucedían por toda la zona. “Yo no lo voy a dejar solo, sino morimos los dos”, le respondió.

Dovichi había sido herido en la puerta de la torre de vuelo del aeropuerto por la ola expansiva de una bomba, y había quedado inmovilizado por un fuerte dolor en la cintura. Tenía afectada la cuarta vértebra lumbar y no podía moverse. Cuando el fuego arreció, con la ayuda de dos camilleros, Ortiz lo llevó a un lugar seguro, luego de pasar mil contratiempos.

Lo contaría mucho después, y otros actos de similar arrojo y valentía en medio de los alerta roja no los relataría nunca. No podría ni siquiera soñar que 44 años después un hijo suyo le dedicaría un documental.

Había nacido el 25 de octubre de 1945 en Santa Rosa de Conlara, San Luis, y egresó como cabo el 10 de diciembre de 1965, a los veinte años.

Cuando era suboficial auxiliar de Sanidad de la Fuerza Aérea, con 36 años, en la Dirección General de Sanidad era uno de los pocos solteros, y eso lo notó Cristina Susana Stojanov, de 21, que se desempeñaba en Reintegros. Trabajaban en pisos distintos y ella, solo para verlo y para tener la oportunidad de cruzar alguna palabra con ese hombre a todas luces correcto y estricto, iba a servirse café en la máquina en el sector de Ortiz. Llegó a ir más de diez veces por día.

Apenas se enteró de la recuperación de las islas, Ortiz se anotó como voluntario, y el 10 de abril, a la madrugada, aterrizaba en Puerto Argentino. Integraba un equipo con dos médicos, un odontólogo, un bioquímico y otro enfermero, que también había ido como voluntario.

Cerca del aeropuerto, levantaron una carpa con una veintena de camillas, capacidad que debieron ampliar cuando comenzaron los combates.

Tan reservado era que ella se enteró que había ido a Malvinas porque una compañera se lo comentó, y le sugirió que le escribiese. Ellos se conocían solo de intercambiarse saludos ocasionales, y en la primera carta ella incluyó su medallita que conservaba de su bautismo. La sorpresa de Cristina fue haber recibido enseguida la respuesta, en la que transmitía tranquilidad.

Una de las cartas que Ortiz intercambió con la que tiempo después se convertiría en su esposa

Para sus compañeros, Ortiz era “Moncho”, y “Zurdo” en su San Luis natal. Si bien era asistido por cuatro soldados, cuando salía al campo a recoger los heridos y los cuerpos en la camioneta transformada en ambulancia, prefería hacerlo solo, para no exponerlos. Lo auxiliaban cuando debía salir de noche con el vehículo: como no se podían encender las luces, alguien iba delante a pie, marcándole el camino.

También le correspondió buscar el cuerpo del primer teniente Luis Castagnari, del Grupo de Fuerzas Especiales de la Fuerza Aérea, que murió en la noche del 29 de mayo, cerca de Puerto Argentino, en medio de un intenso bombardeo, y tratando de poner a salvo a sus ocho compañeros.

Lo hizo en un jeep, y en el momento en que estaba acomodando el cuerpo, el fuego de artillería de una fragata, con disparos que hacían impacto por todas partes, lo obligó a cubrirse debajo del vehículo.

Más de una vez sus compañeros lo dieron por muerto, cuando en medio de los ataques salía al campo con su ambulancia y demoraba en regresar. En una oportunidad quedó atrapado dentro de un cráter producido por una bomba.

Cuando el 20 de junio regresó al continente a bordo del buque Bahía Paraíso, estaba flaco y con bigotes. Los mantuvieron dos semanas aislados, y su esposa contó a Infobae que tanto él como los otros veteranos no tuvieron ningún tipo de contención y que no había personal capacitado para tal tarea.

 “Ya estoy acá, ya volví”, repetía. Los ruidos fuertes lo sobresaltaban, pero su familia contó que su dura infancia de trabajo en el campo, donde su mamá vivió mucho tiempo enferma, lo había endurecido.

Fue el 21 de septiembre de ese año que Ortiz le propuso salir a Cristina, y ella recuerda que el primer paseo fue ir al desfile del día de la primavera, en la avenida Santa Fe. El 8 de abril de 1988 se casaron en Santa Rosa de Conlara, San Luis, el lugar en el mundo de Ortiz. “Lo nuestro fue amor a primera vista”, reconoce ella. Tuvieron dos hijos, Juan y Facundo.

Se dedicaba de lleno al trabajo. De día iba a la Fuerza Aérea y de noche había conseguido un puesto de enfermero en una fábrica. En 1999 se retiró como suboficial mayor y la familia se radicó en Merlo, San Luis, donde aún residen.

Por el rescate de Dovichi, diez años después de finalizada la guerra, el gobierno de Carlos Menem le otorgó la medalla al Heroico Valor al Combate.

Con el tiempo, el veterano Nicolás Ferreyra —quien escribiría la poesía “Los pájaros del cielo”, dedicada a Ortiz— comenzó a llevarlo a reuniones de veteranos, ya que en San Luis hay unos 16.

Su hijo, Juan, que es cineasta, y que cuando era chico no entendía por qué a veces sorprendía a su papá llorando, siempre quiso hacer algo relacionado a Malvinas. De su padre recuerda que, si bien no era demasiado demostrativo, siempre estuvo presente y que apoyó a sus hijos en todo lo que emprendían.

Experimentó con la inteligencia artificial y el resultado le gustó. Así salió un documental Cartas de amor y de guerra basado en las cartas que su papá, en Malvinas, intercambió con su mamá cuando aún ni eran novios. “Querido Carlos: me enteré que te fuiste a Malvinas…”; “Querida Cristina: grata sorpresa al recibir tu carta…”. Luciana Castaño y Federico Sánchez le pusieron las voces a sus padres.

Las proyecciones que ya realizó en la provincia, especialmente en escuelas, fueron un éxito. Los alumnos están complacidos de “conocer la historia de nuestros héroes”.

Para que el documental tenga más fuerza en las presentaciones participa su mamá, que hace una introducción del contexto de la época.

Carlos Omar Ortiz falleció de cáncer el 22 de julio de 2012, y su esposa dijo que parte de su enfermedad fue producto de lo que vivió en las islas. Con su muerte, quedaron perdidas para siempre otras acciones de las que nunca quiso hablar.

En la Escuela de Suboficiales de Ezeiza está recordado en una placa, en Santa Rosa de Conlara una calle lleva su nombre y siempre es evocado y mencionado en los actos de Malvinas.

Desde 2004 su esposa, comprometida con la memoria, participa de la maratón “Héroes de Malvinas”, que se organiza en Merlo y practica senderismo.

Con Dovichi se hicieron amigos, las familias se visitaban. Hace tres años que el oficial falleció. Cuando por fin estuvieron a salvo le preguntó por qué había arriesgado su vida de semejante manera, a lo que Ortiz respondió, simplemente, que esa era su función.