Por Eleonora Gosman publicado por www.perfil.com
Pacaraima, en el norte de Brasil, refuerza controles militares tras el ataque de EE.UU. a Venezuela y el aumento de la tensión regional.
Pacaraima, en el norte del estado brasileño de Roraima, es un municipio muy pequeño: cuenta apenas algo más de 22.000 habitantes. Su localización ligeramente por encima de la línea del Ecuador no influye con altas temperaturas, como lo prueba una media anual de 22 grados centígrados. Ocurre que la altura de 920 metros ameniza sensiblemente el clima de este poblado. Sin embargo, con estas buenas condiciones jamás tuvo atractivos turísticos.
Y si hoy figura en los grandes titulares de los diarios es por una única razón: se trata de un punto clave de la frontera entre Venezuela y Brasil (de 2.300 kilómetros), que convierte al villorrio en la principal puerta de entrada de venezolanos migrantes al territorio brasileño. El clima bélico generado por el bombardeo de Estados Unidos a Caracas cambió el ambiente en esta lejana aldea: el Ejército brasileño intensificó estos días la fiscalización de vehículos que ingresan desde territorio del país caribeño y aumentó, en consecuencia, el número de militares que controlan la región.
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El aumento de las tensiones regionales provocadas por el ataque norteamericano, seguido del secuestro del presidente Nicolás Maduro y de su mujer por efectivos estadounidenses, avivó un estado de alerta permanente en el gobierno de Lula da Silva y en sus Fuerzas Armadas. Es cierto que, por el momento, en Brasilia buscan inducir la calma: de hecho, el comandante del Ejército en Roraima, general de brigada Roberto Pereira Angrizani, sostuvo que el movimiento en las fronteras de ambos países “es normal”; pero indicó que se ha optado por un monitoreo frecuente, con un aumento importante de las tropas asignadas a la región.
Los esfuerzos por tranquilizar la atmósfera reinante no son, con todo, lo bastante creíbles como para apaciguar los ánimos, ni en el entorno del presidente Lula ni tampoco en el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas. Las consecuencias de la acción americana, ordenada por Donald Trump, han repercutido en la política interna tanto como en la internacional. Por ejemplo, se avecinan polémicas en el frente doméstico, al coincidir la maniobra bélica de EE.UU. con la inauguración del año electoral en Brasil, donde se juega la reelección del presidente Lula en los comicios de octubre próximo.
Los expertos prevén que será otro factor de “polarización” en el electorado, influenciado por las narrativas políticas de la extrema derecha en contraposición con las de centroizquierda e izquierda, del PT y sus aliados. Algo de esto ya se observó cuando el gobernador de San Pablo, Tarcisio de Freitas, saludó con énfasis la “acción” de Washington contra el “dictador venezolano”. Este personaje político se autopostula como candidato presidencial por el bolsonarismo, aun cuando el jefe de este movimiento, Jair Bolsonaro, haya nombrado a su hijo Flavio como su sucesor.
Pero al líder brasileño le esperan asuntos más urgentes: son los reclamos de las Fuerzas Armadas por mayor presupuesto. Ya en octubre pasado, los jefes militares habían ido al Palacio del Planalto a pedir un aumento de las partidas destinadas a Defensa. Están en juego, dijeron, la preservación de la soberanía energética y los minerales estratégicos.
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Con el escenario agudo que plantea el ataque de Washington a Venezuela, el debate pasó en lo inmediato a la esfera geopolítica, y las urgencias se enfocan ahora en la posibilidad de que Estados Unidos amplíe su actuación en América Latina, en base a sus intereses energéticos y de tierras raras.
La evaluación de las cúpulas de las tres fuerzas coincide en un punto: el extremo norte brasileño podría ser un elemento de atracción, pues allí hay grandes reservas petroleras, además de elementos como el litio, el grafito y el niobio. De acuerdo con un dossier de un site militar (defesanet.com.br), Brasil está vulnerable ante ese alerta dado que ya no cuenta con suficiente inversión en Defensa.
La Operación Southern Spear, como fue bautizada por la Casa Blanca, terminó, según los analistas brasileños, con la “destrucción de medios de combate clave de los venezolanos”. A juicio de las más altas jefaturas de las tres armas (Marina, Ejército y Aeronáutica), esto debe “encender una luz roja”.



