República Argentina: 3:39:56pm

Por Roberto García Moritán publicado por www.infobae.com

Para Washington, la integración del narcotráfico en el aparato del Estado venezolano no es un fenómeno colateral, sino un mecanismo deliberado de control político y financiamiento del poder

La captura y procesamiento de Nicolás Maduro y Cilia Flores se inscribe en una redefinición del vínculo clásico entre seguridad, legalidad y democracia en el hemisferio occidental.

Desde esa perspectiva, la defensa de la democracia y las libertades individuales no pueden limitarse a procesos electorales formales cuando coexisten con estructuras estatales capturadas por redes criminales.

En ese marco, el fraude de las últimas elecciones presidenciales en Venezuela ha mostrado al régimen chavista no solo como una dictadura, sino como un sistema que ha vaciado de contenido las instituciones democráticas para ponerlas al servicio de economías ilícitas.

Es así que las acusaciones de narcoterrorismo cumplen un papel clave en la argumentación de Estados Unidos contra Nicolás Maduro. Según esta visión, la integración del narcotráfico en el aparato del Estado venezolano no es un fenómeno colateral, sino un mecanismo deliberado de control político y financiamiento del poder.

Para Washington, un régimen que depende de actividades criminales para sostenerse no puede generar condiciones mínimas de competencia política, respeto a los derechos humanos, libertad de prensa ni alternancia real, lo que transforma la lucha contra el narcotráfico en una condición previa para cualquier recuperación democrática.

La nueva doctrina de seguridad de Estados Unidos, presentada el mes pasado, refuerza esta lectura al vincular explícitamente democracia y seguridad. En ese documento, Estados Unidos plantea que las amenazas transnacionales prosperan precisamente en países donde las instituciones han sido debilitadas o instrumentalizadas por elites autoritarias. Bajo este enfoque, proteger la democracia implica impedir que el crimen organizado se consolide como poder político de facto, aun cuando se envuelva en una bandera de legalidad constitucional o de retórica soberanista.

Desde esta lógica, la operación contra Maduro y su mujer se presenta como una acción dirigida contra lo que Washington define como el principal obstáculo para el ejercicio efectivo de la democracia venezolana. La soberanía popular -argumenta la Casa Blanca- no puede manifestarse plenamente en un contexto en el que el poder se sostiene mediante la coerción, la corrupción y el control criminal de recursos estratégicos, y donde las elecciones carecen del respeto de garantías efectivas, como le ocurrió a Edmundo González Urrutia en 2024.

En el plano geopolítico, el énfasis entre democracia y seguridad buscaría también diferenciar la acción estadounidense de una mera disputa de poder con actores extra hemisféricos. Washington sostiene que la presencia de Rusia, China, Cuba e Irán en Venezuela ha contribuido a blindar un sistema político cerrado, resistente a la rendición de cuentas y dependiente de apoyos externos para evitar reformas internas. La captura de Maduro intentaría romper el círculo de impunidad y dependencia autoritaria. También envía una señal sobre el alcance del poder estadounidense cuando percibe riesgos estratégicos para sus intereses y los de sus aliados.

Asimismo, se podría interpretar que Estados Unidos ha pretendido enviar un mensaje a América Latina y el Caribe sobre el tipo de orden político regional que está dispuesto a respaldar. La nueva doctrina de la Administración Trump sugiere que los lazos comerciales, la cooperación económica y diplomática estará crecientemente condicionada a estándares mínimos de legalidad, transparencia y apertura política. Desde esa óptica, la acción contra Maduro buscaría reafirmar que la democracia no es solo un valor retórico, sino un componente esencial de la estabilidad hemisférica.

La captura del matrimonio Maduro plantea dilemas sobre el alcance del derecho internacional y la diplomacia contemporánea. El acontecimiento expone cómo la persecución de delitos transnacionales puede entrar en tensión con la soberanía de los Estados, obligando a la comunidad internacional a reconfigurar los mecanismos existentes para abordar situaciones excepcionales. En el trasfondo, lo que está en juego es la capacidad del sistema internacional para conciliar justicia, respeto a las normas, legitimidad democrática y estabilidad geopolítica.