República Argentina: 12:58:55pm


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Existen demasiados silencios en la historia, porque cada historia nacional tiene sus propios silencios vergonzantes

Por Carlos Manfroni PARA LA NACION publicado por www.lanacion.com.ar

Hay un silencio santo, como el silencio de los cartujos y de los trapenses en los monasterios, solo interrumpido por la liturgia y los cantos gregorianos; como el silencio de los mártires que mueren sin emitir una queja; como el silencio de los que callaron frente a las injurias contra ellos, a la espera del juicio infalible a los vivos y a los muertos.

Hay un silencio digno, como el del toque de clarín por los que cayeron en cumplimiento del deber; como el de los que callan cuando la estupidez ajena vuelve inútil toda respuesta; como el de quienes se muerden los labios antes de exponer en público su dolor; como el de aquellos que se niegan a revelar los pormenores de su intimidad y, mucho menos, la intimidad de otros.

Hay un silencio profundo, como el del campo, la selva o el mar a medianoche, cuando nos sentimos preparados para absorber la belleza completa del cielo y de la Tierra.

Hay un silencio bello, como el de las pausas calibradas de las grandes sinfonías; como el del breve cese simultáneo del canto de los grillos por las noches; como “Il Silenzio” en la trompeta de Nini Rosso, que convierte un toque funerario en una melodía sublime de triunfo y de esperanza.

Hay un silencio respetuoso, como el que se mantiene en los templos, aunque no sean de la propia fe; como el que se guarda ante los muertos, aunque no se trate de los propios muertos.

Hay un silencio sepulcral que nos llena de paz con el recordatorio del destino común que, como en la visión del poeta, nos iguala.

Hay un silencio pesado, pegajoso, abrumador, como una atmósfera calda, que cubre la conciencia de Occidente frente a la muerte que avanza sobre su propia historia.

Hay un silencio idiota, como un embotamiento hipnótico, ante el despliegue oscuro y calculado de los invasores sobre las tierras alguna vez reconquistadas de la vieja Europa.

Hay un silencio pusilánime de quienes se rinden ante las reglas draconianas de las minorías y ante la ira cancelatoria de los apologistas de la inclusión.

Hay un silencio indigno, como el de los que callan a la espera de otros que proclamen las verdades que ellos mismos conocen y susurran; como el de quienes permanecen impasibles mientras acusan a otros de sus propias culpas.

Y hay un silencio específico de la Argentina, el que resume como un símbolo todos los silencios locales de la hipocresía, que es el silencio de y sobre los 70.

Hubo, desde 1976, un silencio temeroso de quienes ahora dicen que no sabían. No es verdad. La mayoría sabía todo y las noticias llegaban desde afuera, aunque –es cierto– no las encontraremos hoy en los papeles amarillentos de las hemerotecas ni en los archivos deliberadamente olvidados de los canales de televisión.

Y después, la prédica vocinglera de los que callaron, acusando hoy a unos y a otros con el dedo en alto. Acusaron hasta al último cabo y hasta al más joven de los subtenientes; acusaron a la Iglesia, sin decir una palabra sobre la gente a la que salvó como nadie más lo hizo; acusaron a los jueces que antes de la vergonzosa amnistía de 1973 juzgaron con la ley al terrorismo.

“Quien se crea libre de culpa…” es un desafío divino.

Hoy hay silencio sobre las violaciones a los derechos humanos que sufren los militares y los miembros de las fuerzas de seguridad que comenzaron a ser detenidos en 2004 a la voz de “¡aura!” de quien cabalgó su presidencia sobre el mayor latrocinio de la historia argentina. Ancianos de ochenta y más años con diez o quince de prisión preventiva; es decir, técnicamente inocentes mientras tanto, sufriendo una pena anticipada en cárceles comunes.

Se silenció durante años a las víctimas del terrorismo guerrillero y se colocaron placas en honor a sus asesinos. Se sofocaron hasta las quejas de sus familiares con el espantapájaros de “la teoría de los dos demonios”.

“¿Usted dice que es hijo de una víctima de la guerrilla? ¿Qué opina de la dictadura?” fue la vergonzosa muletilla para silenciar el dolor de aquellos a quienes les negaron el derecho al dolor.

Se silenció el contubernio entre la cúpula de Montoneros y el almirante Emilio Massera, por muchas décadas y aun después de nuestra denuncia.

Se silenció, por muchos años, el heroísmo de los combatientes de Malvinas, elogiados a su tiempo hasta por sus oponentes británicos.

Existen demasiados silencios en la historia, porque cada historia nacional tiene sus propios silencios vergonzantes. Y el mundo sigue, cada vez menos sólido, cada vez menos digno, porque cada silencio injusto deja un hueco peligroso en los cimientos de la civilización.