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Por Roberto Arnaiz* colaboración para TIEMPO MILITAR

Las operaciones militares de Turquía en el norte de Siria y Irak no ocupan hoy los principales titulares del mundo, pero nunca se detuvieron.

Lejos del foco mediático que concentran otras guerras, este conflicto histórico con los kurdos atraviesa una nueva etapa: más silenciosa, más precisa y constante.

En ese escenario, donde los drones reemplazan a las grandes ofensivas y la presión se ejerce de forma sostenida, la disputa no solo persiste, sino que redefine su impacto en el equilibrio de Medio Oriente.

Los kurdos siguen siendo el mayor pueblo sin Estado propio del mundo, con una población estimada entre 30 y 40 millones de personas repartidas entre Turquía, Siria, Irak e Irán.

Su situación actual tiene raíces en las decisiones que siguieron a la Primera Guerra Mundial. El Tratado de Sèvres contempló la posibilidad de un Estado kurdo, pero esa opción fue descartada pocos años después con el Tratado de Lausana, que definió las fronteras modernas de la región sin dar lugar a esa aspiración.

A diferencia de otros procesos históricos, como la creación del Estado de Israel con respaldo internacional, la causa kurda nunca alcanzó un reconocimiento político equivalente.

Para Ankara —capital de Turquía y centro del poder político del país—, el eje del conflicto sigue centrado en el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), al que considera una organización terrorista.

La presencia de este grupo en zonas montañosas del norte de Irak y su capacidad de operar en áreas fronterizas continúan siendo percibidas como una amenaza directa.

Desde la perspectiva kurda, en cambio, las demandas se orientan hacia el reconocimiento político y distintas formas de autonomía en los territorios donde son mayoría.

Esta diferencia de enfoques mantiene abierta una disputa que, pese a las décadas transcurridas, no encuentra un canal de resolución.

El norte de Siria se ha convertido 0en uno de los puntos más sensibles de esta dinámica.

Allí, Turquía sostiene su presión sobre las Unidades de Protección Popular (YPG), a las que vincula con el PKK.

Sin embargo, estas fuerzas continúan siendo un socio clave de Estados Unidos en la lucha contra los remanentes del Estado Islámico.

Esta superposición de alianzas —con actores enfrentados apoyados por un mismo aliado— refleja la complejidad del escenario y limita las posibilidades de una estrategia coherente a largo plazo.

Uno de los rasgos más distintivos de la fase actual del conflicto es el uso intensivo de drones por parte de Turquía.

Esta herramienta permite ejecutar ataques selectivos, reducir costos políticos y mantener operaciones constantes sin necesidad de grandes despliegues militares.

El resultado es una guerra de baja intensidad pero sostenida, que se desarrolla con menor visibilidad internacional, aunque con efectos concretos sobre el terreno.

El impacto se extiende más allá del plano militar.

En Siria e Irak, países aún marcados por años de guerra, la continuidad de estas operaciones contribuye a una situación de inestabilidad persistente.

En las zonas afectadas, la población civil enfrenta desplazamientos, inseguridad y condiciones de vida cada vez más frágiles.

Al mismo tiempo, el conflicto influye en el equilibrio regional, donde múltiples actores —estatales y no estatales— interactúan en un entramado de intereses cruzados.

En un contexto internacional dominado por otras crisis, como la Guerra en Ucrania y la reciente escalada bélica en Medio Oriente que involucra a Irán, esta disputa ha perdido centralidad en la agenda global, pero no relevancia.

El estallido de un conflicto abierto tras los ataques de Estados Unidos y Israel contra territorio iraní a comienzos de 2026, seguido por represalias con misiles y drones en toda la región, reconfiguró el escenario estratégico y desplazó la atención internacional hacia una crisis de mayor escala.

Sin embargo, en ese mismo contexto de escalada regional, el conflicto entre Turquía y los grupos kurdos no solo persiste, sino que continúa desarrollándose de forma sostenida, aunque con menor visibilidad mediática.

Más que un conflicto en retroceso, la confrontación entre Turquía y los grupos kurdos evidencia una adaptación a nuevas formas de hacer la guerra.

La intensidad ya no se mide por grandes ofensivas, sino por la capacidad de sostener presión en el tiempo.

En ese escenario, la cuestión kurda sigue sin una solución política a la vista y continúa siendo una pieza clave para entender no solo el presente, sino también el futuro de la región.

* Licenciado en Historia y especialista en geopolítica. DNI 13.862.378